Análisis de Coyuntura # 20 (14 al 21 febrero del 2014)

Toda revolución genera su propia contrarrevolución, esa es una verdad histórica de todos los movimientos socialistas de transformación. Todas las revoluciones han sufrido los ataques de la contrarrevolución, esa es una reacción natural. En Rusia en 1917, Vietnam, China, Cuba, Chile de Allende, Chávez 2002…

La coyuntura actual no es una excepción. La sistemática pérdida de posiciones de poder y privilegios ha resentido a la burguesía y el imperialismo. La conducción del Estado venezolano por parte de las fuerza revolucionarias, la política de soberanía petrolera y la nueva geopolítica latinoamericana constituyen los más duros golpes a la resquebrajada hegemonía de las elites en nuestro país y en la región.

Para oponerse a los cambios radicales en el ejercicio del poder y, por lo tanto, en la distribución de la riqueza a favor del pueblo trabajador, activan estrategias ubicadas en un amplio espectro para derrocar a las nuevas fuerzas políticas e intereses sociales imperantes. Estas estrategias van desde la lucha electoral, donde se participa con campañas desestabilizadoras, pasando por la manipulación mediática más grotesca, hasta llegar a la insurrección. Un denominador común de estas estrategias es la injerencia abusiva del imperialismo estadounidense, inclusive a través de la intervención militar.

En ese sentido, el ataque fascista que se desarrolla actualmente a través de focos de violencia en contra de nuestra revolución tiene el propósito de desestabilizar la sociedad venezolana. En este intento existe un doble propósito. Por una parte, pretenden establecer una estrategia de guerra de baja intensidad, de desgaste progresivo, que vayan minando a la revolución. Por otra parte, aspiran que los efectos de la guerra económica expresados en la escasez y la carestía generen un proceso de malestar social, que pueda traducirse no solo en manifestaciones, sino en grande brotes de violencia. Es decir, proyectar los focos de violencia a una escala muy superior.

Para darle un verdadero carácter masivo a esas protestas, necesitan la participación de los sectores populares, lo cual no han logrado en 15 añosde revolución. Apuestan a la concreción de un escenario donde destacarían el fallecimiento del Comandante Chávez, la escalada de las protestas callejeras y los crecientes problemas sociales, constituyan el detonante de una implosión social.

El objetivo estratégico es desalojar al Presidente Maduro de la presidencia, obligarlo a su renuncia. De allí su consigna de mantenerse en la calle “hasta que Maduro se vaya”.

Sin embargo, no tienen la fuerza para ello. Quieren repetir el guion del año 2002, pero la situación es totalmente distinta. No tienen al generalato, la CTV (ya desaparecida), la tecnocracia de PDVSA de su parte. Las protestas y destrozos focalizados en los feudos opositores actúan con una gran fuerza de desgaste.

Adicionalmente, esto se desarrolla en medio de intensas contradicciones en el seno de la derecha. En una intensa lucha por el control de la MUD se han deslindado dos bandos, uno encabezado por Leopoldo López, empeñado en asumir la dirección de la derecha a través de acciones extremistas, en conocimiento de las ideas violentas y de ultraderecha profundamente arraigadas en sectores determinantes de la oposición. Estos sectores no son mayoritarios, pero conforman los factores de mayor movilidad y determinan la correlación de fuerzas en el seno de la derecha.

Por otra parte, Capriles acusa el desgaste de 4 derrotas consecutivas en 14 meses, muy dolorosas para la oposición, y se resiste a ser desplazado. Seguir la agenda de la violencia, sería ceder a López su posición de liderazgo. Desmarcarse de éste también los debilita, pues pierde espacios en los sectores más extremistas. En realidad se trata de diferencias tácticas, de diferentes lecturas de la coyuntura, en el marco de una concepción de la política compartida por toda la MUD, que privilegia las estrategias golpistas y antidemocráticas.

Aun así, no podemos subestimar estas acciones contrarrevolucionarias de corte fascistoide. Detrás de ellas se encuentra el imperialismo. De eso no cabe la menor duda. El gobierno de los EEUU le ha brindado el mayor apoyo político y diplomático de la manera más descarada. También es financiado de manera abundante por los EEUU y la ultraderecha regional, encabezada por Álvaro Uribe.

Sus principales voceros han reclamado “el respeto de las libertades democráticas y los derechos humanos”. Es evidente que quieren sembrar un expediente de violaciones de las  libertades políticas y civiles para catalogarnos como un Estado fallido y preparar la escalada intervencionista.

Ellos no tienen pruebas ni facultades ni mucho menos moral para esa condena. Una potencia imperial como los EEUU que invade naciones, propicia guerras e intervenciones, espía a todo el planeta, a los jefes de Estado, tumba gobiernos, sustenta sangrientas dictaduras, no puede  darnos lecciones de respeto a las libertades.

Muy elocuente fue el apoyo brindado por el jefe de la diplomacia gringa, John Kerry, a Leopoldo López, lo cual, además de la injerencia inadmisible, constituye una instigación a delinquir, apoyando a un individuo que ha pretendido incendiar al país, causando violencia, destrozos e intranquilidad en la población.

En cuanto a nosotros, no podemos subestimar la violencia fascista, no medirla por el número de sus actores ni por su impacto real. Es vital comprender que detrás de estas manifestaciones violentas se encuentra el imperialismo.

Es un poder de extraordinaria magnitud quien los promueve y, ante cualquier descuido, puede provocar una situación difícil de manejar.

Ante ello, la conducta que se exige a los revolucionarios es de serenidad y firmeza. Bajo ninguna circunstancia podemos caer en el juego provocador de la violencia, no podemos sumergirnos en las prácticas violencias de la derecha. Un gobierno revolucionario requiere de las mayores condiciones de estabilidad para llevar a cabo su proyecto histórico. Los asuntos referidos a la seguridad y el orden tienen que ser atendidos por los organismos de seguridad en respeto de los DDHH, como se ha hecho hasta ahora. Por otra parte, debemos actuar de manera firme, sin permitir impunidad ni el desborde de la violencia focalizada.

Asimismo, ante los momentos complejos que vive la revolución se impone la unidad delas fuerzas revolucionarias, Es inadmisible cualquier expresión de ruptura o división en el seno de las fuerzas bolivarianas. Ese es una de nuestras grandes fortalezas, debemos aprovecharla al máximo. Además de la unidad, vamos a un superior nivel de despliegue delas fuerzas revolucionarias. Debemos ocupar las calles y espacios públicos, posicionarnos en las instituciones, universidades, fábricas,… Debemos intensificar una verdadera ofensiva revolucionaria en lo ideológico y político. La orientación de las masas, su motivación para desplegar contundentes movilizaciones, la presencia mayoritaria, combativa y movilizada de nuestras fuerzas es el mayor disuasivo para la estrategia contrarrevolucionaria.

La tarea fundamental de la revolución en los actuales momentos es su defensa sobre la base de la unidad y la ofensiva popular.

¡El fascismo no pasará!

 

 

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