Líneas de Chávez

I

25 de octubre de 1983: el crimen fue en Granada, en nuestra Granada.

Por coincidir la publicación de esta nueva entrega de Las Líneas de Chávez con este aniversario doloroso para Nuestra América y el Caribe, es necesario hacer memoria.

Aquel infausto 25 de octubre miles de soldados gringos invadían una pequeña isla del Caribe que contaba con un ejército de apenas 500 hombres para defenderse.

Aquella pequeña isla se había atrevido a tomar el camino de la grandeza, la dignidad y la soberanía, dándole vida a un hermoso proceso de liberación nacional. Contaba con un líder tan carismático como querido por el pueblo: se llamaba Maurice Bishop.

Granada estaba en la mira del imperio desde el mismo inicio de aquella revolución en marzo de 1979.

Lamentablemente, la unidad entre los revolucionarios granadinos al interior del Partido de la Nueva Joya, su instrumento político, se había fracturado irreversiblemente para octubre de 1983. Todo ello tuvo como trágico colofón el arresto de Bishop y su asesinato el 19 de octubre.

Nadie se benefició más de este crimen que el imperio: le permitió contar con el pretexto que le faltaba para la invasión. Ya Washington había esgrimido, a través de sus altoparlantes mediáticos, la presencia solidaria de Cuba como un factor que convertía a Granada en eje de la desestabilización de todo el Caribe.

Los gringos prepararon el terreno durante meses, lanzando una campaña comunicacional en relación con el aeropuerto internacional –hoy se llama, con toda justicia, Maurice Bishop- que Cuba ayudaba a construir a Granada: se volvió a esgrimir el viejo argumento usado contra Cuba, esto es, Granada iba a convertirse en una base soviética.
Es pertinente recordar unas palabras del comandante Fidel Castro para extraer la lección que en ellas se encierra: ¿Eran acaso los que conspiraron contra él (Maurice Bishop) en el seno del Partido, del Ejército y de la Seguridad de Granada un grupo de extremistas intoxicados de teoricismo político? ¿Se trataba simplemente de un grupo de ambiciosos, oportunistas, o incluso agentes enemigos que quisieron hundir la Revolución granadina? Solo la historia podrá decir la última palabra. Pero no sería la primera vez que en un proceso revolucionario haya ocurrido una cosa o la otra.

Mirándonos en el doloroso espejo granadino podemos sacar una conclusión práctica: unidad, unidad, unidad en la diversidad debe ser nuestra divisa revolucionaria. Valoremos la importancia decisiva que tiene lo que Bolívar llamaba “el bien inestimable de la unión”. Y aquello que cantamos desde niños: “Compatriotas fieles, la fuerza es la unión”.
Queremos rendirle homenaje a Maurice Bishop: al líder y al mártir de la Revolución Granadina. Igualmente a los patriotas granadinos y a los internacionalistas cubanos que murieron peleando heroicamente contra los invasores.

II

Si miramos hacia atrás y advertimos los insondables daños que heredamos y aún persisten, concluimos que aquí en Venezuela no hubo un Estado: aquí lo que hubo fue un tarantín con una insondable caja chica a la disposición del saqueo, que se vino abajo por el aluvión de pueblo, cargado de conciencia, que amaneció el 28 de febrero de 1989.

Calibrar las consecuencias de fondo de este despertar nos trajo aquí donde estamos: el país era un enfermo crónico y no podíamos dejarlo morir. Frente a aquellos años oscuros, estos diez años de revolución han servido para que la esperanza deje de ser lo que era en el pasado: un alevoso engaño creador de falsas expectativas. Hoy la esperanza se encarna como posibilidad cierta para todas y todos.

Esto es así no porque lo digamos nosotros: ya el mundo lo comprueba y lo difunde, pero aquí algunos cultivan el vicio de mirar para otra parte creyendo que así la rotunda realidad deja de ser.

Para decirlo con los existencialistas: la realidad no sólo es, sino que está siendo. Y nosotros, junto al pueblo, la estamos haciendo con el corazón latiendo del lado izquierdo, es decir, convencidos de que nos debemos a las necesidades de las inmensas mayorías que nunca tuvieron cabida en los planes de quienes atendían el tarantín del pasado.

Hoy vemos con satisfacción patria el alto Índice de Desarrollo Humano que ha registrado el país durante los últimos años y que se situó en 2007, de acuerdo con el último informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), en 0,844, en una escala donde el número 1 es el nivel óptimo. Igualmente, regocija leer el documento de la FAO donde confirma que nuestro país ha superado la meta establecida por la propia Organización, superando las 2.700 calorías diarias para la población, lo que significa un crecimiento de 39% con respecto a 1998.

De la misma manera, hemos pasado de 268 mil bolívares fuertes que se destinaban al financiamiento agrario hace nueve años, a 20 millardos este año, incrementándose así en 1.300 por ciento, afianzando el sentido socialista en nuestros campos. Por último, cómo no compartir la alegría por el más reciente estudio publicado por Latinobarómetro, encuestadora que evalúa de manera integral a los países de la región, el cual otorgó a Venezuela el primer lugar en equidad social, con 36 por ciento.

Disculpen tantas cifras compatriotas que me leen, pero ya saben ustedes que mis instintos pitagóricos me llevan a creer, como lo he reiterado tantas veces, que Dios habla a través de las matemáticas. El pueblo debe conocer y manejar estos números, porque ellos no son números muertos: son números cargados, preñados, por la vitalidad y el sentido de justicia que nos anima y que hoy traducen la voluntad de nuestro horizonte socialista. El horizonte que el Libertador Simón Bolívar definiera como la suprema felicidad social.

Uno se pregunta: ¿cómo podían conquistarse estos logros con un gasto social promedio de 14 por ciento durante los veinte años que precedieron a la llegada de nuestra Revolución al poder? Jamás. Por eso, con el afán de no descansar en la lucha, hemos reservado 45,73 por ciento del presupuesto del año próximo para la inversión social –dándole máxima prioridad a la alimentación, la salud y la educación–, buscando acrecentar el Índice de Desarrollo Humano y alcanzar una aún más justa e igualitaria distribución de la riqueza del país.

Qué bueno sería que quienes no terminan de creer en nuestro proyecto, los que, por desgracia, llevan aún el destartalado tarantín puntofijista entre ceja y ceja y a los que tanto les gusta hacer turismo por el mundo denunciando esta “dictadura”, visitaran a estos organismos e instituciones internacionales, cuya seriedad es incuestionable y así corroboraran lo que decimos en estas líneas.

III

Hago un llamado a mis compatriotas, llamado que quiero suene como un redoble de conciencia: ahorremos energía eléctrica al máximo. Pongámosle coto, entre todas y todos, al despilfarro: al enajenante consumismo capitalista.
No se trata de eludir nuestra responsabilidad como Gobierno: las dificultades y las fallas existen en el sector eléctrico y, con sentido autocrítico, las hemos reconocido.

Estamos desplegados en batalla para subsanarlas.

En razón de todo ello, he anunciado la creación de un ministerio que va a ocuparse de esta área. Igualmente, quiero resaltar que he dado instrucciones para la incorporación directa de los trabajadores y las trabajadoras a la gestión eléctrica nacional: ellos y ellas van a ser los principales artífices del reimpulso que necesitamos.

¡Reimpulso definitivo hacia el Socialismo! ¡Venceremos!

 

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