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Clodovaldo Hernández

Cierta parte de la oposición -con tendencia a ser toda- cree firmemente en la intervención extranjera como vía para dejar de ser oposición.

La cuestión es de matices: unos creen en la intervención brutal, estilo Afganistán, Iraq, Libia o Siria; otros creen en la intervención disfrazada de revolución de colores o de Primavera Árabe; y otros se conforman con que venga una persona de otra nacionalidad (no importa si es estadounidense, europeo, colombiano, mexicano o chileno; tampoco importa si tiene o no autoridad moral) y los ayude a demostrar que acá hay un rrrrégimen.

Una prueba de esta dependencia de lo externo la estamos viendo ahora mismo. Mientras desde las bases populares se ha registrado una contundente respuesta nacionalista al ukase del inusual y extraordinario emperador Obama, a esa cierta parte de la oposición no se le ha ocurrido mejor idea que traer a un ejemplar importado como Felipe González -no muy bien aspectado éticamente, dicho sea de paso- para que diserte sobre justicia y nos dé clases de Derecho.

Hagamos abstracción del hecho indiscutible de que Venezuela es uno de los territorios con más abogados por metro cuadrado en todo el planeta (tenemos jurisperitos, jurisconsultos, meros abogados, leguleyos, picapleitos y doctores chimbines hasta pa’ tirar pal’ techo), razón por la cual la traída de un presunto letrado foráneo suena -ya de entrada- como una injuria al orgullo nacional. Olvidémonos de eso, pues es un problema profesional que debe resolver ese gremio, y analicemos la peripecia felipesca como un síntoma más de la obsesión que esta parte del antichavismo tiene con respecto a lo extranjero, su empeño en encontrar en el exterior lo que acá no se les da.

En la puesta en escena (casi todo lo de casi toda la oposición es una puesta en escena), Don Felipe llega como un Oidor Real. Si se quisiera dotar a su arribo de mayor espectacularidad cinematográfica, debería llegar en una carabela, vestido con un jubón ojeteado, unas calzas ajustadas, y cubierta la cabeza con un yelmo. Así podría representar mejor su papel de enviado especial del reino para resolver los rollos surgidos en estos territorios salvajes entre el mantuanaje consentido y la manga de irrespetuosos pardos, indios y negros que andan por ahí pregonando soberanía.

En el imaginario de esta cierta parte de la oposición, Don Felipe viene entonces no tanto a darles luces a los abogaditos mestizos de Ledezma y López, sino -tal como ocurría con los oidores en tiempos coloniales- en calidad de juez supremo, emisario del rey, con la misión de administrar real justicia según lo que le dé la real gana. Claro, en este caso cuando hablamos del Rey no se trata del insípido esposo de Letizia y tocayo de González, sino del omnímodo poder global que está empeñado en cambiar, antes de tiempo y sin pedir la opinión de los nativos, al gobierno de esta colonia irredenta.

Cuando el oidor hable, con su acento andaluz y la prepotencia de un enviado de su majestad (el capitalismo universal), no lo hará como un consejero que se está redondeando unos euros a costillas de unos blancos criollos y de orilla (más de orilla que criollos, si a ver vamos). Lo hará como el que tiene derecho a dictar sentencia en nombre de la Corona.

Por supuesto que esto apenas está comenzando. No hace falta ser un experto en monarquías para predecir que el real oidor querrá, primero que nada, visitar las ergástulas donde la tiranía tiene a los prisioneros, sufriendo torturas que ni en tiempos de la Santa Inquisición. Y si no lo dejan entrar a las putrefactas gayolas, armará un gran follón, como dicen por aquellas latitudes, siempre tan bien-habladas.

Mientras tanto, en la España actual los ciudadanos que no quieren ser súbditos de Felipe VI y conocen muy bien la historia del otro Felipe, han optado por tomarse el asunto a chanza. Un amigo ibérico dice que López y Ledezma deberían dar gracias al cielo porque González los esté asesorando a ellos y no al Gobierno. “Si fuera consejero de Maduro, ya le hubiese recomendado montar unos GAL para desatar la guerra sucia y el terrorismo de Estado contra los guarimberos”, dijo, recordando que al expresidente del gobierno español se le identificó como “el Señor X” (o sea, el que daba las órdenes) de los Grupos Antiterroristas de Liberación, escuadrones de la muerte que combatieron a ETA entre 1983 y 1987, dándoles un poco de su propia medicina.

Mi fuente española añade que el oidor real ayudará bastante a la causa de López y Ledezma, pues ha dado mucho de qué hablar en los tribunales, luego de sus 14 años en el poder, aunque -necesario es aclararlo- no precisamente porque Don Felipe sea un gran abogado, sino más bien como un presunto indiciado, un sospechoso habitual no solo en el caso de los GAL, sino también en una ristra de affaires de corrupción que mejor no te cuento. “Todos a su alrededor cayeron presos, menos él… ¡ese tío es un fenómeno!”, comentó el amigo

 

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