Luis Bilbao

A toda marcha la transición de Venezuela al socialismo

Pueblo Legislador: de acuerdo con la visionaria propuesta de Simón Rodríguez, los 98 diputados/as del PSUV en la Asamblea Nacional deberán ahora cumplir la promesa de campaña y llevar el pueblo al Parlamento. “No seremos representantes, sino voceros”, sostuvo Aristóbulo Istúriz, jefe de campaña y diputado electo, al anunciar los resultados el lunes 27. La diferencia es sutil y a la vez decisiva. Al no haber alcanzado los dos tercios de las 165 bancas, la victoria exigirá a la bancada oficialista una práctica parlamentaria por completo diferente a la tradicional. La Revolución deberá entrar como torbellino en el Parlamento. Y contrarrestar el accionar desestabilizador de la oposición teledirigida desde Washington, que ya ha comenzado su labor.

Enredados en una extraña disputa para determinar si la obtención de 98 diputados, contra 65 de la oposición de derecha, constituye o no una victoria, dirigencias políticas, analistas y comentaristas, parecen haber perdido de vista en diferentes latitudes el verdadero significado de las elecciones parlamentarias del 26 de septiembre en Venezuela.

No hay límites para las trampas de la retórica. Al punto que la oposición derrotada alega haber vencido. Y como si nunca nadie lo hubiese advertido, el árbol oculta una vez más el bosque.

Desde el comienzo estuvo claro que, en la medida en que el Partido Socialista Unido de Venezuela no obtuviera los dos tercios de las bancas, es decir 110 sobre 165, la oposición estaría en condición de bloquear la aprobación de las llamadas “leyes orgánicas”, que según la Constitución son “las que se dicten para organizar los poderes públicos o para desarrollar los derechos constitucionales y las que sirvan de marco normativo a otras leyes”.

Una mirada formalista, crudamente electoralista, lleva a la conclusión de que no haber llegado a las 110 bancas equivale a toparse con una muralla insuperable. De allí la alharaca de la oposición y la confusión en franjas de la militancia, al punto que en un primer momento la oposición pudo anotarse un tanto en la batalla mediática, al desdibujar la enorme significación estratégica de la victoria electoral del PSUV, que ganó en diputados por 60 al 40%, ganó en números absolutos (5.422.040 contra 5.320.175, aunque ésta no fue una elección nacional sino distrital), se impuso en 18 Estados, empató en dos y perdió en cuatro, ganó dos sobre tres diputados indígenas y siete sobre doce diputados al Parlatino, todo con una participación del 66,45% del padrón total.

No es desdeñable, por cierto, que el PSUV obtuvo casi dos millones menos de votos que en la elección presidencial. Es clara la necesidad de hacer una minuciosa e implacable valoración de las causas subjetivas que dieron lugar a esa retracción. Pero antes de conocer los resultados y correcciones que seguramente surgirán del debate, es preciso salir al cruce de antojadizas interpretaciones según las cuales el PSUV habría sido responsable de aquello que, en el desvío, no se trepida en calificar de fracaso.

Entorno Objetivo del Momento Electoral

El primer paso es analizar las causas objetivas detrás de estos resultados, entendiéndolos ante todo como desplazamientos de clases y sectores de clases frente a la marcha sostenida de la revolución y en el marco concreto en que discurrió la lucha de clases y el combate político en el último año.

Basten unos pocos datos:

-         recesión

-         la inflación superó el 30%;

-         una sequía sin precedentes, atribuida al fenómeno del Niño, secó el caudal del río que alimenta la principal represa, de la cual depende el 80% de la energía eléctrica del país;

-         como resultado hubo racionamiento eléctrico;

-         hubo también, y por la misma causa, racionamiento de agua;

-         el país vivió durante meses bajo la amenaza de un colapso eléctrico total;

-         en ese mismo período ocurrió una devaluación de alrededor del 100%;

-         problemas severos en el transporte subterráneo, como resultado del deterioro estructural del sistema de Metro, que requiere grandes inversiones;

-         atropellos policiales contra población civil en barrios, inequívocamente promovidos por los sectores afectados por la profunda reforma policial;

-         recrudecimiento de secuestros y actos delictivos, multiplicados por el accionar de unos 14 mil paramilitares colombianos infiltrados en territorio venezolano;

-         furibunda campaña de la iglesia católica, con el cardenal actuando como candidato y sacerdotes dando misa contra Chávez.

Como colofón, en los días previos y el mismo 26, de la sequía se pasó a las lluvias intensas que provocaron deslaves, derrumbes en los barrios, muertos y evacuados.

Cabe preguntar a quienes alegremente califican de retroceso una victoria por el 60% de los diputados, para luego atribuirlo al PSUV, sin el más elemental análisis de su desempeño: ¿en qué país, qué partido, en este contexto en cuyo centro está la inflación de precios, tras diez años de gobierno, una dirección política es capaz de ganar una elección, y ganarla en las proporciones señaladas? Las ilustraciones de esta nota muestran en sus resultantes la verdadera dinámica no sólo de los votos totales, sino de su traducción partidaria.

Clases, votos y partidos

Si algo muestra de manera inequívoca esta elección, es la extraordinaria extensión, profundidad y solidez de la nueva conciencia en la que se apoya el voto revolucionario. Contar con más de la mitad de los votantes, en las condiciones señaladas, es un indicador irrebatible. Tanto más si en lugar de medirlo en términos electorales, se lo observa desde la perspectiva del desplazamiento de las clases en medio del torbellino revolucionario.

La inercia –provocada por 16 elecciones en 11 años- ha llevado a medir la marcha de la revolución contando votos. Nada hay más lejos de la verdad. Lenin calificaba esta conducta como “cretinismo parlamentario”.

Siempre sobre la base –reiteradamente señalada en estas páginas- de que la clase obrera no ha entrado aún en toda su magnitud y potencia al escenario principal de la revolución, y se mantiene dividida y en buena parte apática, el dato sobresaliente del cuadro político actual en Venezuela es el alineamiento de la mayoría de la población con la revolución y las políticas de transición al socialismo.

En la balanza hay que poner ante todo el hecho de que la marcha firme de la transición, la comprobación de que el objetivo socialista no es una consigna vacía, de que se avanza hacia la demolición de las columnas económicas, sociales, políticas y culturales de la sociedad capitalista, hace vacilar –y en muchos casos retroceder- a inmensos contingentes que hasta ahora han apoyado a Chávez y su propuesta revolucionaria.

La omisión de la clase obrera hace más difícil la reubicación política de clases y sectores intermedios. Sin contar con que en el seno de la clase obrera misma, franjas importantes llegan a rechazar inconscientemente la propuesta anticapitalista. Estos movimientos contradictorios, zigzagueantes, no pueden ser medidos por elecciones, aunque éstas puedan ser, hasta cierto punto y en determinadas condiciones, indicativos a tener en cuenta.

Pero es claro que millones de personas que no votaron (el 35%), así como también millones que votaron por la oposición, en el alineamiento de clases a la hora de la verdad estarán –o, más precisamente: podrán estar- con la revolución; del mismo modo, una cantidad considerable de quienes votaron al oficialismo irán variando su conducta hasta pasar a la vereda opuesta. No otra cosa se ha experimentado en la última década con los agrupamientos originariamente alineados con Chávez, que se han desplazado en sentido inverso a las de las clases explotadas y oprimidas. Pero ese desplazamiento no tiene que ver con expresiones electorales; en realidad se oculta en ellas; y sus reflejos tergiversan la realidad si la aritmética electoral no parte de una teoría científica de la sociedad y la revolución.

El PSUV

Este encuadre nada tiene que ver con la idealización del PSUV y mucho menos con la intención de soslayar sus remarcables falencias, o soslayar los efectos de la corrupción y la ineficiencia. Sólo que la evaluación de este partido no puede hacerse sin partir del hecho simple de que hace tres años no existía. Pero sobre todo, sin contar que al momento de su nacimiento, tuvo que remontar la caída abismal  e inmensamente destructiva del pensamiento y la organización revolucionaria en todo el mundo. La autocrítica del PSUV ya comenzó. El viernes 1 y el sábado 2 los diputados electos, jefes de campaña y la Dirección Nacional del partido debatieron sus conclusiones y esa jornada culminó con un acto en el que Chávez, tras ratificar el carácter de la victoria, arremetió contra las lacras que debilitan al partido y la labor del gobierno. Esta introspección continuará. Cada vicepresidente elevará un balance sobre la base de lo discutido en estos dos días y luego, con Chávez a cargo, se hará una evaluación final.

Las deformaciones originales del PSUV, sus problemas estructurales, la rémora que significa una cultura y una práctica políticas de muchas décadas en Venezuela, no se resolverán de la noche a la mañana. Un partido de masas no puede sino traducir la cultura del pueblo y la clase trabajadora de donde surge. Educar a esas masas es una tarea ardua y prolongada. Esperar lo contrario es prueba de un pensamiento idealista. Y equivale a restar fuerza a la labor de vanguardia que requiere una superación cualitativa. Equivale a desconocer factores fundamentales de la coyuntura histórica en Venezuela: hay millones de hombres y mujeres (civiles y militares) empeñados en una revolución, una dirección política colectiva para llevarla a cabo y un jefe con capacidad y determinación para aunar grandes masas en pos del socialismo.

Dicho esto, no obstante que muchas críticas al PSUV provienen de quienes niegan la noción de partido o están descontentos porque les ha hecho perder poder, innumerables voces protestan por la falta de funcionamiento para otra cosa aparte las campañas, la falta de método organizativo y de discusión regular, todo lo cual ha hecho perder buena parte de la formidable mística que lo distinguió en sus primeros pasos. El virus de la burocracia hacia su tarea destructiva.

La nueva Asamblea

El desafío es ahora acelerar en todos los órdenes la transición al socialismo. Y en el plano parlamentario, la realización efectiva de la consigna Pueblo legislador. Si esto último se aplica con energía y eficacia, podría incluso superarse sin dificultades mayores el hecho de no contar con mayoría de dos tercios en la Asamblea. La mayoría simple basta para aprobar el 95% de las leyes necesarias, entre ellas el Presupuesto. Y cabe recordar que la actual Asamblea tiene aún tres meses de vida, durante los cuales acelerará la aprobación de todo aquello demorado y necesario para ensamblar revolución e institucionalidad en el próximo período.

La oposición no puede trabar la labor legislativa, más que por la reiteración de escándalos en el recinto, que se multiplicarán a partir del 5 de enero próximo. Mucho menos puede aprobar una ley, cualquiera que sea. El PSUV no tratará de escenificar una imposible normalidad parlamentaria. Tratará a la oposición de derecha como lo que es: enemiga jurada de la revolución. Y el pueblo legislador impedirá que alguno de sus diputados se deje arrastrar por el parlamentarismo burgués.

De allí que la oposición usará la Asamblea como mera caja de resonancia para atacar la revolución, en una batalla sin precedentes de choque parlamentario entre socialismo y capitalismo. El recinto será para la oposición un estrado de espectáculo permanente. Para el interior, pero sobre todo para el exterior. Y estará acompañada por la prensa comercial de todo el mundo.

A la prensa alternativa, a los medios decentes, al periodismo revolucionario, cabe a partir de ahora la gran tarea de contrarrestar en cada país la formidable batalla entre contrarrevolución y revolución en el Capitolio de Caracas. Una formidable batalla de ideas que no excluirá, en cualquier punto de América Latina, momentos como los vividos el 30 de septiembre en Ecuador.

Recuadro 1

Botón de muestra

Como se sabe, los diputados electos por la oposición están encabezados por insignes golpistas que en abril de 2002 vivaron hasta la las lágrimas mientras el locutor leía la declaración que desconocía punto por punto la Constitución, anulaba de hecho la Asamblea Nacional y pasaba como topadora por sobre toda la institucionalidad de la V República. Menos conocido es que, junto con  ellos, entrarán ahora a la Asamblea individuos hasta ahora encarcelados por delitos de sangre y de saqueo del patrimonio nacional.

Es el caso de José Sánchez, alias Mazuco, preso por haber torturado y asesinado a un funcionario de la DIM cuando era titular de Seguridad en Zulia, en tiempos del gobernador Manuel Rosales. También el de Biagio Piliere, ex alcalde de Bruzual de Yaracuy, donde fue procesado por malversación de fondos públicos.

Bajo la alegada “dictadura” de Chávez, que como repite la prensa comercial, controla todos los poderes y en particular la justicia, ésta actuó con tal lentitud (y acaso algo más), como para que ambos pudieran ser presentados como candidatos por la MUD y ahora saldrán de la cárcel para asumir sus bancas. El inmisericorde dictador, además, no moverá un dedo para impedir que estos prohombres de la causa capitalista entren al Capitolio.

 

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