Luis Bilbao

De la comparación de las recientes elecciones en Venezuela y Brasil surgen conclusiones relevantes. La más significativa: una victoria en todos los planos de la estrategia revolucionaria frente a la perspectiva reformista.

A la luz de las elecciones en Brasil es más fácilmente visible el resultado de la elección en Venezuela.

El balance que hicimos de estas últimas –en la edición impresa de América XXI, reproducido en el portal de la revista- pudo sonar demasiado optimista a buenos amigos en las filas de la Revolución Bolivariana. Habrá incluso quien haya llegado a la conclusión de que se trata de ausencia de criterio crítico, por adhesión desmedida a la gesta que llevan adelante el pueblo venezolano, el Partido Socialista Unido de Venezuela y el comandante Hugo Chávez.

Califiqué el resultado en Venezuela como rotunda, superlativa victoria, al vencer a la oposición proimperialista por 98 a 65 bancas en la Asamblea Nacional y 7 a 5 en el Parlatino. Esta afirmación continuará en debate.

En el artículo citado, prolongado ahora en estas líneas, señalaba muy a grandes trazos el cuadro objetivo en el que se dieron los comicios:

-         recesión

-         la inflación superó el 30%;

-         una sequía sin precedentes, atribuida al fenómeno del Niño, secó el caudal del río que alimenta la principal represa, de la cual depende el 80% de la energía eléctrica del país;

-         como resultado hubo racionamiento eléctrico;

-         hubo también, y por la misma causa, racionamiento de agua;

-         el país vivió durante meses bajo la amenaza de un colapso eléctrico total;

-         en ese mismo período ocurrió una devaluación de alrededor del 100%;

-         problemas severos en el transporte subterráneo, como resultado del deterioro estructural del sistema de Metro, que requiere grandes inversiones;

-         atropellos policiales contra población civil en barrios, inequívocamente promovidos por los sectores afectados por la profunda reforma policial;

-         recrudecimiento de secuestros y actos delictivos, multiplicados por el accionar de unos 14 mil paramilitares colombianos infiltrados en territorio venezolano;

-         furibunda campaña de la iglesia católica, con el cardenal actuando como candidato y sacerdotes dando misa contra Chávez.

-         como colofón, en los días previos y el mismo 26, de la sequía se pasó a las lluvias intensas que provocaron deslaves, derrumbes en los barrios, muertos y evacuados”.

En semejante contexto, es impensable en cualquier otro país –incluyendo cualquiera del Norte imperialista- la victoria de un gobierno que lleva 12 años en el poder.

Aún así, hubo una oleada de decepción y desánimo en franjas de la militancia revolucionaria, porque el Psuv no obtuvo los 110 diputados necesarios para tener mayoría calificada con los dos tercios de la Asamblea. A su vez, mostrando un distanciamiento alarmante de la realidad y la lógica más elemental, la oposición se declaraba vencedora.

Aparecieron entonces condenas de elevado tono a lacras de diferente carácter que la transición arrastra como estigma del sistema capitalista y el régimen de la IV República, todavía columna vertebral del ordenamiento socioeconómico venezolano. Se levantaron voces contra la ineficiencia, la corrupción, el burocratismo y otras calamidades indiscutibles e inocultables que acompañan, como la sombra al cuerpo, a la Revolución Bolivariana.

En el exterior, algunos intelectuales se apresuraron a condenar esas lacras, llegando incluso a calificar feamente al Psuv. Una lectura cuidadosa de tales balances, apresurados y desproporcionados, revela un rechazo implícito –acaso inconsciente- a la idea de partido y, de paso, la persistencia de nociones postmodernas en la urdimbre ideológica de quienes adoptaron tales posturas.

Más que hace 20, 15 ó 10 años, cuando estaban en auge, hoy es ocioso discutir esas interpretaciones. En cambio, para quienes se dejaron llevar por la explicable frustración de no alcanzar la meta, y de sufrir en tres Estados (Zulia, Táchira y Anzoátegui) un verdadero descalabro –para usar la expresión de Chávez- ahora se presenta la oportunidad de observar aquellos resultados en comparación con los obtenidos por el Partido dos Trabalhadores el 3 de octubre en las presidenciales de Brasil.

Antes, cabe esbozar un escueto marco objetivo de las elecciones en ese país:

-         el PBI brasileño crece a tasas chinas desde hace un año y medio (para 2010 se estima en 11%);

-         la inflación anual está estimada en 3%;

-         no hubo nada parecido a racionamiento de agua o electricidad;

-         no hubo sabotaje opositor contra el aparato productivo;

-         no hubo un aumento artificial de la delincuencia;

-         la iglesia católica no militó contra la candidata oficialista;

-         el ensañamiento de la prensa comercial con las autoridades, con ser brutal, no tiene punto de comparación con el caso venezolano;

-         dado que no hay en Brasil intentos de cambiar la naturaleza del Estado, éste funciona con eficiencia, a diferencia de Venezuela.

Vale agregar que el PT tiene 30 años de existencia; y experiencia en media docena de campañas presidenciales. Además, Lula es un líder moderado, empeñado exitosamente en no alterar el ritmo cardíaco de las clases medias.

No obstante, Dilma Rousseff obtuvo el 46,77%, no pudo imponerse en primera vuelta y va al balotaje con nerviosismo, si bien todo indica que deberá ganar el 31 de octubre, cuando dirima la presidencia frente al candidato del Partido Socialdemócrata de Brasil, José Serra.

Para completar la información hay que recordar un punto fundamental: el PT fue a elecciones en alianza con el Partido del Movimiento Democrático de Brasil (PMDB, un partido burgués, declarado defensor del capitalismo, violentísimo enemigo del PT desde su nacimiento hasta que éste llegó al gobierno en 1992), y con el Partido Comunista de Brasil (PC doB).

¿Qué porción del total obtenido por Dilma Rousseff corresponde al PMDB? ¿Y cuánto al PCdoB)? ¿20; 15; 10%? En esas hipótesis, ventajosas para el PT, éste obtuvo entonces 25, 30 y como máximo 35%. Antes de llegar a una conclusión, además, deberá tomarse en cuenta también que la alianza PT-PMDB-PCdoB perdió San Pablo y Minas Gerais, los dos Estados de mayor importancia económica, política y estratégica de Brasil.

Algunas voces se apresuraron a afirmar que éste fue el mejor resultado de la izquierda. Es una afirmación extraña: si la alianza PT-PMDB puede ser calificada como “izquierda”, no hay razón alguna para no considerar que esa “izquierda” obtuvo un éxito mucho más resonante, puesto que debe sumarse el 35% obtenido por el PSDB. Al fin y al cabo, en varias elecciones previas a la conquista del gobierno, el PT fue a segunda vuelta en alianza con el PSDB, contra…¡¡el PMDB!!

Opciones y elecciones

Pedirle al electorado que se pronuncie a favor o en contra de la continuidad y aceleración en la transición del capitalismo al socialismo, como lo hizo el Psuv en Venezuela, es algo muy diferente a lo que hizo la alianza encabezada por el PT en Brasil, donde la palabra socialismo estuvo, más que ausente, desechada. Cada voto, cada punto porcentual, tiene significado y valor diferente en uno y otro caso. Son opciones contrapuestas: reforma o revolución.

Aparte esa certeza obvia, en términos crudamente numéricos, electoreros, la opción reformista del PT tuvo en Brasil el respaldo de un 35% del electorado en la hipótesis más benévola; 20% según cálculos aún no suficientemente fundados. El Psuv le sacó entonces entre 15 y 30 puntos de ventaja.

En Venezuela no estuvo en disputa la figura de Chávez, no era una elección nacional; el análisis de la conducta electoral de las masas no puede equiparar comicios legislativos distritales con una elección presidencial.

Así, el Psuv superó muy ampliamente el desempeño del PT. O, para decirlo de otra manera: la opción revolucionaria fue, electoralmente hablando, incomparablemente más efectiva que la opción reformista del PT.

Eso no es todo, ni tampoco lo más importante.

Si, como es probable -y ciertamente deseable- el 31 de octubre se confirma la victoria de Rousseff, ella y el PT tendrán que gobernar con los poderes Ejecutivo y Legislativo compartidos con un partido burgués inconmovible en la defensa del capitalismo.

¿Qué programa efectivo aplicará esa coalición gobernante, incluso en la hipótesis irrealizable de que la crisis del capitalismo mundial no descargue sus calamidades sobre Brasil?

Con la conducción de un partido obrero el país continuó la línea estratégica marcada por el PSDB durante la presidencia de Fernando Henrique Cardoso y aceleró su marcha en busca de un lugar preponderante entre los grandes del mundo capitalista. ¿Cómo dará continuidad a ese objetivo en el nuevo cuadro?

Sin entrar en el asunto, es posible prever que el PT afrontará la opción de chocar con las masas como partido socialdemócrata día a día más a derecha, o chocar con su propio gobierno, como partido socialdemócrata que pretenda mantener siquiera una defensa mínima de los intereses proletarios. Cualquier hipótesis augura turbulencias políticas, determinadas no por la intención de transformar positivamente la sociedad, sino precisamente por lo contrario: intentar sostener sus columnas actuales. La magnitud de esos conflictos dependerá de la aceleración de la crisis mundial y del ritmo de recuperación del movimiento obrero, el campesinado y el estudiantado brasileños. En cualquier caso, el PT pagará un precio muy alto.

Por su lado, el Psuv, la Dirección Nacional del partido, el gobierno de Chávez y los 98 diputados (más 7 del Parlatino), seguirán la línea destinada a acelerar la transición al socialismo. No es una hipótesis: fue ratificada con creces en los días posteriores a la elección, con una cascada de medidas, entre las cuales sobresalió la expropiación de la empresa Agroisla. El Psuv también sufrirá turbulencias políticas, porque esa dinámica supone el choque con los sectores que, en tanto expresión de la franja de las clases medias resuelta a no seguir el camino de la revolución, pasarán gradual o bruscamente a la oposición franca.

Esto lleva a otra comparación: en los últimos cuatro años, el bloque gobernante en Venezuela tuvo varios desprendimientos. Los últimos fueron los del partido Podemos y el PPT (Patria Para Todos). Aquel, completó su camino y se sumó a la MUD (Mesa de Unidad Democrática, o “de Ultra Derecha”, como la llama Chávez). En consecuencia, fue claramente batido por el Psuv. El PPT, en cambio, intentó una tercera vía. Y obtuvo sólo dos diputados, circunscriptos al Estado donde todavía el gobernador pertenece a ese agrupamiento.

En Brasil, aparte la disgregación que diezmó las filas del PT, hubo dos formaciones que salieron del tronco originario para dar lugar a nuevos partidos, que se presentaron a elección: el Partido Socialismo y Libertad (Psol) y el Partido Verde (PV). El primero, con posiciones al extremo izquierdo del PT, obtuvo algo menos del 1%. El PV, en cambio, con Marina Silva (ex ministra de Lula) como candidata, rozó al 20%. Ahora se constituye en árbitro de la segunda vuelta y, presumiblemente, un eventual apoyo a Dilma significará una mayor heterogeneidad en el futuro gobierno.

Dicho de otro modo: mientras en Venezuela el resultado electoral consolida, homogeiniza y fortalece una propuesta de cambio profundo, en Brasil el saldo empuja en sentido contrario.

En Brasil, como en Venezuela, la corrupción ha sido y continúa siendo un gravísimo problema. En Brasil la línea de marcha votada en el último congreso del PT, plasmada en la fórmula presidencial exige un agravamiento de ese flagelo. En Venezuela, la afirmación de la línea estratégica requiere en cambio combatirlo y vencerlo.

Hay mucho por revisar y rectificar en Venezuela. Muchísimo, en algunas áreas. Pero no en su orientación estratégica. Ella no sólo es humanamente deseable y teóricamente consistente. Es, como queda a la vista, políticamente victoriosa. En Brasil, en cambio, la estrategia de basar toda mejora social en el impulso al capitalismo y su quimérica humanización, no sólo es teóricamente insustentable: es, como se ve, políticamente endeble. Y más aún, está condenada a fracasar.

Nada hace pensar que tanta ventaja hará dormir a la conducción del Psuv en sus laureles. La pérdida de votos, aunque no se haya tratado de una elección presidencial, es un llamado de atención imposible de desoír. Y la conquista de los votos que se perdió de ganar (otros dos millones) es hoy una exigencia más que nunca perentoria. El acoso permanente del imperialismo estará allí cada minuto para recordarlo.

Los desplazamientos de clases y sectores de clases continuarán fuera y dentro del Psuv, en línea con lo registrado en las elecciones. La lucha de clases se perfilará cada día con mayor nitidez y dará lugar a batallas de ideas y de estructuras de creciente crudeza.

En Brasil ocurrirá lo mismo, pero con una diferencia decisiva: el PT no tiene estrategia, ni perspectiva teórica, ni basamento político suficiente para llevar a buen término esa batalla crucial. La militancia de ese gran país tendrá que asumirlo y resolverlo, para hacer que Brasil vuelva a ocupar un lugar preponderante en la lucha latinoamericana por la revolución y el socialismo.

6 de octubre de 2010